8M en Chile: no nos soltemos
Mujeres marchan bajo un lienzo rosa que dice “¡Contra el legado de impunidad!” el 8 de marzo, 2025, en Santiago. Foto © Nicole Kramm.
Opinión • Andrea Salazar • 20 de marzo, 2025 • Read in English
A las 8:30 de la mañana, un árbol en el cerro Huelén, Santiago, recibía ofrendas de semillas, sopaipillas (masa de harina frita) y frutas. Así comenzó la jornada del 8 de marzo, con un llellipun, ceremonia ancestral mapuche en la que se pide a la Ñuke Mapu (madre tierra) por el bienestar de las personas, los seres vivos y las redes de interdependencia que nos sostienen.
En la rogativa, las integrantes del colectivo Ulcha zomo y la Red de mujeres mapuche nos conectaron con la tierra y con una de las consignas de este año: “¿Dónde está Julia Chuñil?”. Chuñil es una mujer mapuche y defensora de la naturaleza desaparecida hace cuatro meses junto a su perro Cholito.
Luego de la ceremonia, todas compartieron las ofrendas, así como el deseo de manifestarse este día internacional de las mujeres trabajadoras.
Con el pasar de las horas fueron llegando al centro de la capital organizaciones feministas, comunitarias, sindicales y culturales. Cerca de las 11 de la mañana, la calzada de la Alameda ya estaba repleta. Comenzamos a avanzar desde la Plaza Dignidad —como se renombró la Plaza Baquedano durante la revuelta del 2019— hacia el poniente.
“A la calle: contra el consenso neoliberal y la ofensiva patriarcal” decía el lienzo que encabezaba la marcha. En primera línea, las voceras de la articulación junto a la senadora Fabiola Campillay. Campillay no estuvo allí por ser parte del Congreso, sino por ser mujer trabajadora, sobreviviente de trauma ocular y representante de la lucha contra la violencia policial. Pocas semanas antes, la Corte Suprema impidió a ella referirse públicamente sobre Claudio Crespo, policía involucrado en el acto que cegó al activista Gustavo Gatica durante la revuelta, como violador de derechos humanos.
Ver a Campillay rodeada de feministas y ante el lienzo “¡Contra el legado de impunidad!” me conmovió hasta las lágrimas. Me recordó que la violencia de Estado no deja de renovarse, pero tampoco la porfía feminista y nuestra incansable disputa por la memoria de lo que hemos sido y podemos ser.
Durante la última década en Chile, huelga tras huelga, encuentro tras encuentro, las feministas hemos tejido una red de casi 100 colectivas, mesas y secretarías. Este año, conscientes de la ofensiva patriarcal en curso, apostamos por rearticularnos y comenzar el 2025 unidas, organizadas y en lucha.
En más de 40 ciudades, localidades y comunas de Chile hubo protestas y actividades que pusieron en el centro luchas diversas del movimiento feminista y antipatriarcal, el apoyo a mujeres y disidencias privadas de libertad, la lucha contra la violencia extractivista y el despojo neocolonial. También marchamos contra la violencia machista que va al alza con nueve femicidios consumados sólo durante el 2025.
Contra la impunidad
“Marchamos señalando también a un gobierno que ha priorizado la impunidad y la agenda represiva antes que el aborto legal, las pensiones dignas y el derecho a la vivienda”, dijo Javiera Mena, vocera de la Coordinadora Feminista 8M y de la Articulación por la Huelga General Feminista 2025, ante los medios de comunicación.
“Hoy se están desalojando tomas de terreno y campamentos”, advirtió Cristina Varela, también vocera. “Hoy se va a discutir la reforma a la ley de migración que está criminalizando y despojando de derechos a las personas migrantes. Hoy tenemos leyes como la ley Naín-Retamal que criminaliza la protesta social y [la protesta] es nuestra única herramienta para la transformación”.
Una toma del inicio de la marcha del 8 de marzo, 2025, en Santiago de Chile. Foto © Nicole Kramm.
Aunque estaba a pocos metros de ellas, apenas alcancé a escucharlas. Según las cifras de la articulación convocante, fuimos cerca de medio millón en las calles de Santiago. Resonaban a nuestro alrededor los murmullos de miles, los tambores de la Bloka Feminista y gritos como el clásico: “Se siente, se escucha, arriba las que luchan” o el recién estrenado: “El legado [del ex-presidente Sebastián] Piñera va a caer, va a caer, y el monumento de Piñera lo vamos a demoler”, en referencia a la moción aprobada en el Senado para erigir un monumento en memoria del expresidente.
Durante horas las organizaciones feministas y antipatriarcales hicieron públicos sus anhelos, dolores e interpelaciones. Las pobladoras cuestionaron la especulación inmobiliaria y los cerca de 50 anuncios de desalojo a tomas y campamentos (ocupaciones de terrenos).
Las migrantas en el bloque afro antirracista advirtieron que “No hay feminismo sin las criminalizadas por el desplazamiento forzado”. La “camiona disidente”, escenario móvil, visibilizó a artistas bisexuales, lesbianas y trans. Las chicas de calipso, mujeres del fan club de Chayanne, se disfrazaron de secundarias y gritaron “Nunca es tarde para estudiar”. Las palestinas y luchadoras internacionalistas alzaron sus banderas contra el genocidio y exigieron que Chile rompa relaciones con Israel.
Luego de tres kilómetros de caminata llegamos al escenario. Tras las potentes presentaciones de las artistas Thaïna Henry, Francelis y Luta Cruz en el bloque antirracista, Mónica Araya, mujer de 87 años quien integra la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y del Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCH), pidió la palabra.
Como todos los años, marchó con la foto de su madre desaparecida. “Hoy, más que nunca, la calle es indispensable”, dijo Araya.
La Fundación Camila interpretó la canción “Yo tenía una hermana” exigiendo justicia por Camila y Almendra, mujeres sordas asesinadas. En lengua de señas se manifestaron contra el capacitismo de la sociedad y, en particular, en el acceso a la justicia.
Finalmente, se leyó el manifiesto “¡Unidas, Organizadas y en Lucha!” que posicionó un feminismo transfronterizo, saludando a las mujeres, disidencias y pueblos que resisten ante la guerra, la ocupación y el imperialismo del este y el oeste.
El acto finalizó y luego, como es la tónica en Chile, la policía comenzó a dispersar a las personas que aún seguían en las calles con gases lacrimógenos y el carro lanza-agua. 16 personas resultaron detenidas.
La previa: asambleas y acciones
Para hacerse una idea de lo que fue este 8 de marzo no basta con visitar el presente. Hace falta recordar que fuimos el mayo feminista, las millones que tomamos las calles el 2019 y pieza clave de la revuelta. Pero también que somos las derrotas y el cansancio acumulado, la precarización, la pandemia, el desánimo y las responsabilidades cruzadas que nos atribuimos por los fracasos.
En ese contexto no ha sido fácil retomar la lucha. Por eso decidimos juntar fuerzas, reflexionar sobre lo que hemos vivido y articularnos en pos de un nuevo ocho de marzo que, al menos en Chile, implica abrir el año de movilización.
Fueron semanas de asambleas para acordar el despliegue previo y durante el 8M. Al poco andar fue evidente que el diagnóstico era similar. El giro autoritario, la avanzada de la ultraderecha de la mano de Javier Milei, Donald Trump y Benjamin Netanyahu y la ofensiva racista, xenófoba y transodiante que atraviesa también a los progresismos e incluso a ciertos sectores de izquierdas que promueven la militarización y el securitismo.
El 3 de marzo se organizó el Súper Lunes Feminista donde renombramos 60 estaciones de metro con hitos relevantes del movimiento feminista y popular. Fue una forma de levantar nuestros ánimos, de anteponer nuestra historia y la vocación permanente de lucha frente al fascismo.
Ese mismo día, durante la noche, nos convocamos en Puente Alto, en la periferia de Santiago, para quemar una figura de tres cabezas que representa al colonialismo, el patriarcado y el capitalismo. Con ese rito y frente al fuego, dimos inicio a la primera semana de marzo, semana que cada año renueva nuestro deseo de cambiarlo todo.
Una mujer con la huella roja de una mano pintada en el pecho durante la marcha del 8 de marzo, 2025, en Santiago de Chile. Foto © Nicole Kramm.
¿Los feminismos en Chile ya fueron?
Unos días antes de la marcha un militante de ultraderecha anunciaba que el movimiento feminista iba a la baja y que este año sería, por fin, el último 8 de marzo. Activistas antipatriarcales e influencers, aunque por otras razones, también dijeron que el feminismo ya fue.
Las palabras que tengo para las derechas y para nuestras hermanas son, evidentemente, diferentes.
A la derecha, la respuesta es la convocatoria que tuvimos. Es recordarles que no callamos incluso en años silenciosos y menos en los que vendrán. Que somos resistencia día a día al sostener la vida. Que somos flujo subterráneo que no pueden —o que no quieren— ver. Que, pese a sus intentos, no olvidamos las revueltas y todo lo que nuestros cuerpos son capaces de ser y hacer. Que es la historia y la porfía que nos caracteriza.
A mis amigas y compañeras que (ya) no se identifican con los feminismos: no nos soltemos. ¿Podemos organizarnos en esa diferencia?
Debatamos con base en nuestras experiencias de lucha, situadas y conscientes de nuestros sesgos y contradicciones, cómo enfrentar el ciclo abierto.
Encontremos respuestas en la acción.
Practiquemos la escucha, poniendo sobre la mesa nuestros aciertos, errores y dudas. Tramemos desde lo pequeño una vida que valga la pena vivir. Con las migrantes, las defensoras del agua y las pobladoras. Con las no monógamas, las raras, las trabajadoras sexuales, las que hoy no tienen fuerzas para luchar. Con las comunidades y los pueblos que resisten contra toda frontera y autoritarismo.
Hoy, más que nunca, no nos soltemos.